Luz Helena Cordero: Lo profano como sacro
- Respirando el verano
- 5 oct 2018
- 4 Min. de lectura

No me resulta fácil empezar esta nota pues son muchos los focos de atención que se me presentan en la lectura de este rumoroso libro. De Luz Helena Cordero, de quien he seguido en lo posible su poesía, serena en el lenguaje y compleja en sus revelaciones, siempre me seduce la diversidad de registros, la huida de los tópicos, la ausencia de recetarios. Tengo la sensación de asistir a nuevos significados, a unos arcaicos sucesos que casi privativamente nos devela la poesía desde lugares sagrados y desde simples sucesos cotidianos que su palabra nos ayuda a ver, también, como sacros. Estos nuevos hallazgos son innumerables en su poesía. Por ejemplo, y recordando a César Vallejo, (¿quién no ha dicho al gato gato?), me atrapa una fulguración cuando Luz Helena habla de este felino, un anarquista de los tejados. Supongo que los gatos, de hablar entre ellos, posiblemente dirán que han adoptado nuestra orfandad, que un buen día deciden la adopción de un nuevo y engañado propietario. En su poema parece agradecerles la ración de misterio que ellos nos entregan. Los gatos, de quien nos dice que “son esa forma de conjugar cuchilla y caricia,/ silencio y orfandad”, no pueden estar más bellamente dibujados en palabras, son figuras que parecen escapadas de un oculto caballete. De paso, hay en esas líneas algo cercano a su poética, a una palabra que también conjuga caricia y cuchillo, voces habitadas y huérfanos silencios. Lo mismo le atrae el lugar de sombra de las mujeres en la mezquita que un martillo petrificado y en desuso. Esto me lleva a pensar que los martillos deben sufrir de dolores de cabeza, de cefalea, de tanto darse contra las paredes. Pero más me asombra el final de ese poema objetal: “Quieto el martillo, sin oficio,/ siente cómo le pesa la cabeza./ Igual que aquellos déspotas/ tendrá el juicio final del paredón”. “Cada objeto es un espejo”, sentencia Charles Simic. La belleza de ese poema del martillo que calla, me parece, viene del transcurrir de su lenguaje, de la observación aguda de una existencia viva en un objeto en apariencia inerte, pero sobre todo radica en el inesperado final que lo hace al mismo tiempo que un poema de exploración de las cosas que nos acompañan, de la heroicidad de las cosas, un poema político sustentado en la feroz analogía del déspota y el martillo. Y si de objetos mudos hablamos, cómo no recordar ese poema del soldado que regresado del cautiverio aún guardaba en sus botas una aguja con la que había bordado un tiempo siempre a punto de romperse. Es un episodio de la violencia escrito con gran tino y sobriedad, como el de la costurera que a toda hora tiene la vida pendiente de un hilo. Tiene un ojo de cronista Luz Helena Cordero, de cronista-poeta a la manera de Luis Tejada Cano. Su poema-crónica sobre la ropa que reposa en los cajones, el inventario de agendas, telegramas viejos, sufragios, bisuterías que nos acompañan y muchas veces nos sobreviven, botiquines que esperan con paciencia la llegada de una herida, nos recuerda sin alardes interpretativos o simbólicos lo que también somos y dejamos de ser en las cosas. Luz Helena Cordero, me parece, siempre permanece en vigilancia del otro y de lo otro. “La visión del prójimo es espejo de la vida propia, nos vemos al verle”, dice María Zambrano. Apreciado de esa manera uno puede barruntar que el amor se podría dar cuando el otro, que es nuestro espejo, corresponde a lo que queremos ver de nosotros mismos reflejado. Otro tema, que más que tema en verdad es un lugar del adentro que se vuelve lenguaje, está cimentado en la entidad de la casa. La casa agazapada en el adentro, la casa de la memoria que es testigo desde su techo de lo que nos va quedando de naturaleza en la ciudad, la morada como un refugio acurrucado entre las moles y los muros cardinales: “Hoy la casa naufraga en la ciudad/ y cuando los edificios se alían para ahogarla,/ella estira su cuello de árbol y acoge a los pájaros/ que buscan su último refugio./ Vieja y hermosa, se abre como un álbum/ y exhibe el solar para contar su historia”. Pero también, a la par, está la casa “cerrada y sola”, la que tiene, como en uno de los epígrafes rulfianos del libro, una guarnición de “ruidos callados”, silencios en las cañerías, una escalera carcomida por el tiempo, una “casa cerrada donde se creó el mundo”. Hay una sensación valiosa que deja cualquier escritura igualmente valiosa: al leer sobre cosas, lugares, gentes, animales, paisajes o costumbres que hemos visitado, sentir que por primera lo vemos o que no fuimos lo suficientemente avisados o pacientes para detenernos un poco más frente a ellos. Deidades momentáneas o dioses transitorios, así dicen que llamaban los griegos a las palabras. Pero a veces creemos creer que no son tan momentáneos esos dioses como en la evocación de Artaud que apunta Simic: “ninguna imagen me satisface a menos que al mismo tiempo sea un saber”. Me atrevería a decir que en estos poemas no hay el prurito de hacer imágenes por hacerlas, que realmente no son voces calcáreas sino palabras habitadas, palabras que en ninguno de sus versos resultan negligentes, voces que no parece que pudieran ser reemplazadas por otras, como tantas veces ocurre en una poesía de lenguas impostadas.
Juan Manuel Roca
Septiembre de 2018
Comments