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Tres poemas de Gabriel Arturo Castro

  • Foto del escritor: Respirando el verano
    Respirando el verano
  • 22 oct 2018
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 24 oct 2018


Masacre de los inocentes, Rubens



Sobre la poesía de Gabriel Arturo Castro


La poesía de Gabriel Arturo Castro nos recuerda la vieja pregunta: ¿Has visto algo perfecto sin la paciencia? Una paciencia que ilumina y a la vez es una enseñanza estética o actitud permanente ante la vida. Tal poesía revela con angustiosa claridad la experiencia humana. Logra expresar el dolor del hombre en un tono que no se puede describir ni comparar. Es un tono que trastorna la sensibilidad y el alma del lector sin acudir a las armonías que se logran con ciertas combinaciones de palabras o trasponiendo en la página oralidades cuyos acentos perturban o encantan el oído. Es un tono que convoca experiencias innombrables pero vividas por cualquier doliente de la historia y la sinrazón.

En sus libros hay una intensidad emocional en expansión y es inútil buscarle influencias. Ha encontrado lo que, los entendidos en literatura, llaman su propia voz.

No cesa de deslumbrarnos y confrontarnos. Se vive pendiendo de clavos al rojo vivo. Las piedras gozan de tranquilidad que debía sobrarle a los hombres. Los llantos prefieren morir anónimos. Y no puede ser de otra manera en una sociedad que no se expresa o prefiere salvarse contando los eslabones del silencio.

Página a página va perfeccionando un espiral, lamento rabioso y despojado de preciosismos estériles y precisiones forzadas. Es el lamento poético de un tiempo. Es el lamento que deja una historia escrita, libre de palabras plenas que, obvio, no pueden usar los seres destrozados que han elegido expresar los vaivenes de su alma con palabras rotas.


Víctor López Rache


Vieja querella


Herodes sale con su lanza por la noche.

¿Cuándo podremos decir que la matanza de niños reposa lejos

y que el espanto del Bautista, su piedad y su corazón roto,

jamás volverán a visitar nuestro rostro, tu frente enferma,

mis ojos, tu canción de cuna, tu vieja querella?

Rey o monarca de siempre, el apagador de velas,

el del capuchón de ángel negro, el que perpetúa la noche,

es a ti a quien le agrada oír los lamentos que la humanidad exhala.

Tú extiendes la mano para agobiar mis labios,

sorbes mi sangre y mi llaga, la herida de mi débil brazo,

mi espalda que exhibe las letras y la cicatriz.

El cielo nos envía sables, puños apretados, arabescos de orín.

Mi alma estrecha es una sepultura en una callada tierra.

El poderoso habla la lengua soberana

y nosotros perdemos la lengua del hombre.

Herodes sale con su lanza por la noche.



El pan negro


Antes de mendigar con el bastón en la mano,

el día anterior al llanto,

comíamos del mismo pan y de la misma vasija,

partíamos en pedazos el pan negro,

el beso matutino y la ruda amistad.

Del abismo salían los ojos terrenales, el sol,

el eterno círculo vegetal

y un campo de amapolas, maduro para la revuelta. Próximos

los cestos, los signos coincidían en el agua del río y los

vocablos se iban posando dentro, como una lluvia interior.




Memoria


He aquí tu reino, le dice su voz interior:

Del oriente, paraíso recuperado,

venía un ruido que golpeaba las puertas de mi casa,

la casa llena y bendita, lejano tesoro del dolor.

Llegaban las voces, las carcajadas y el azotar

de los puños sobre las mesas de madera,

la multitud de torsos y de cabezas ondulantes

como el agua de memoria y su puñado de limo rojo.

El mago de nariz rota colgaba de una hebra de estropajo

prendida de un clavo.

Al fondo del juego los nudos laboriosos del afecto vivo,

un sótano redondo y en el centro una escalera,

el árbol completo,

una corpulenta mujer de madera que se desvanece en la llama,

los dedos pálidos, carcomidos por la harina,

la mano experta que cose,

los vagones de color sangre seca,

el candil de alabastro prendido y de temblorosa luz.

La luz aplastaba la tierra como un gigante pie,

la luz, tostada y cegadora que llena de destellos

las rendijas de las hojas, las espaldas de las mujeres,

las camisas de los hombres

y que brillaba en los vidrios, los cubiertos de alpaca,

la cacerola roja, la jarra de leche y la cesta de frutas.

Un pálido rostro se asoma detrás del recuerdo,

un niño pequeño, gris a la vista,

el hermano desconocido que silbaba con los dedos,

una criatura apagada de cuyo sombrero salía humo,

y más allá, otros niños peleando por el ojo de la cerradura,

un viejo enderezador de clavos,

fijo sobre un gran baúl, esperando el tren,

y la abuela llorando en el jardín.


Algunos libros del autor:





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